Abandoné mi casa. mi pan… mis hermanos.
Huí de tí
bajo el ulular violento de los perros
y el aullido desesperado de los gallos.
Dejé atrás,
el abrazo tibio, el refugio en la ciudad.
No encontré raíz
que se hundiese en el tuétano,
y vago errante
peregrina entre las sombras.
No es fácil ser hijo de emigrante. No es fácil, ser hijo de aquel que tuvo que tomar la decisión de abandonar su pan, su casa… sus hermanos.
El emigrante no logra jamás hundir raíz alguna en la tierra que pace y es por ello que se empeña en hilar una y otra vez el enmarañado ovillo de la vuelta.
Y es que todo emigrante, teje y desteje cual Penélope, la madeja del retorno. Y mientras teje y teje y vuelve a destejer, atesora fotos, costumbres y lo más preciado: su lengua.
_»Jigu, jiguera que son de mi tierra» recitan con orgullo una y otra vez, acentuando el sonido áspero de la tierra, cuando alguien les pregunta si son de un lugar determinado, de ese lugar que al pronunciarlo siembra un poso amargo en la boca.
_»Extremeño, sí señor, soy de Extremaúra_. De «Extremaúra la bella/ tierra de conquistadores» como decía Porrinas.
El emigrante Torrejoncillano, trata de conservar y transmitir a sus hijos, las palabras que aprendió de sus padres.
Y es por ello que: los nietos de los «pringonis«estan jartitus de almorzal pringás que no tostadas. Y es más, despues de gastar sus energías jugando al esconderichi, se relambian los jocicus pensando en la merendilla de la abuela.
Los nietos de los pringonis, cuando de chiquininos comienzan a querer andar han de poner cuidado no vayan a jocical.
Y cuando los nietos de los pringonis se ponen a jugar algún recatiñoso entre ellos seguro encontrarás.
Si uno es nieto de pringonis no meterá nunca el pie en un bache, siempre lo hará en un jochi.
Los hijos y nietos de pringonis salen siempre a comprar bolas en lugar de pimientos y gustan de pedir en los comercios siempre calzonas nunca pantalón corto…
Y cuando por su pringón vocablo al ombligo necesitan nombrar, no digo ná la que se puede liar.

No es fácil ser hijo de emigrantes. Uno no sabe nunca donde está su pequeño fondo de tierra, ni a qué palabras pertenece… por eso, los padres esconden con mimo en el corazón de sus hijos un hilado de palabras con el que ayudarles a tejer y a destejer en el telar inabarcable del regreso.
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