Hacía Itaca

Blog sobre dinamización lectora en el entorno escolar y escritura creativa.

Categoría: Mis movidas literarias

  • Abandoné mi casa. mi pan… mis hermanos.

    Huí de tí

    bajo el ulular violento de los perros

    y el aullido desesperado de los gallos.

    Dejé atrás,

    el abrazo tibio, el refugio en la ciudad.

    No encontré raíz

    que se hundiese en el tuétano,

    y vago errante

    peregrina entre las sombras.

    No es fácil ser hijo de emigrante. No es fácil, ser hijo de aquel que tuvo que tomar la decisión de abandonar su pan, su casa… sus hermanos.

    El emigrante no logra jamás hundir raíz alguna en la tierra que pace y es por ello que se empeña en hilar una y otra vez el enmarañado ovillo de la vuelta.

    Y es que todo emigrante, teje y desteje cual Penélope, la madeja del retorno. Y mientras teje y teje y vuelve a destejer, atesora fotos, costumbres y lo más preciado: su lengua.

    _»Jigu, jiguera que son de mi tierra» recitan con orgullo una y otra vez, acentuando el sonido áspero de la tierra, cuando alguien les pregunta si son de un lugar determinado, de ese lugar que al pronunciarlo siembra un poso amargo en la boca.

    _»Extremeño, sí señor, soy de Extremaúra_. De «Extremaúra la bella/ tierra de conquistadores» como decía Porrinas.

    El emigrante Torrejoncillano, trata de conservar y transmitir a sus hijos, las palabras que aprendió de sus padres.

    Y es por ello que: los nietos de los «pringonis«estan jartitus de almorzal pringás que no tostadas. Y es más, despues de gastar sus energías jugando al esconderichi, se relambian los jocicus pensando en la merendilla de la abuela.

    Los nietos de los pringonis, cuando de chiquininos comienzan a querer andar han de poner cuidado no vayan a jocical.

    Y cuando los nietos de los pringonis se ponen a jugar algún recatiñoso entre ellos seguro encontrarás.

    Si uno es nieto de pringonis no meterá nunca el pie en un bache, siempre lo hará en un jochi.

    Los hijos y nietos de pringonis salen siempre a comprar bolas en lugar de pimientos y gustan de pedir en los comercios siempre calzonas nunca pantalón corto…

    Y cuando por su pringón vocablo al ombligo necesitan nombrar, no digo ná la que se puede liar.

    No es fácil ser hijo de emigrantes. Uno no sabe nunca donde está su pequeño fondo de tierra, ni a qué palabras pertenece… por eso, los padres esconden con mimo en el corazón de sus hijos un hilado de palabras con el que ayudarles a tejer y a destejer en el telar inabarcable del regreso.

  • En ocasiones el silencio, abre la puerta a la noche, pérfida guardiana de tesoros prohibidos. Es entonces cuando afloran esos recuerdos impulsados por algún resorte diabólico que nos acecha, hostiga y acosa hasta dejarnos asustados y escondidos tras un reloj de pared como cabritillo que nunca debió confiar en la oscura patita que asomaba por debajo de la puerta.

    Sólo entonces, comprendes que en la inmensidad de la noche no hay posibilidad de guarida. Que tras las doce campanadas, no existe hechizo que de cobijo a la madeja del destino. No hay magia capaz de hilar la vida.

    En esta noche callada y sin luna, no puedo evitar acordarme de Dorothy y sus zapatos. Aquellos zapatitos mágicos, plateados, que a cada golpe de suela levantantaban a la niña de acá para allá, de Este a Oeste o de Norte a Sur. Eran el faro perfecto ante la inmensidad de una tierra extraña.

    ¿Plateados o rojos? Quizás rojos. Rojo debió de ser el color de aquellos que una vez encontré mientras rebuscaba en el fondo de una vieja mesilla. Permanecían inmóviles y polvorientos en casa de la abuela, aquella casa inmensa traspasada de luz en todos sus balcones.

    Rojos. Rematados por un coqueto tacón carmesí que sonaba y resonaba alegre bajo mis pies, intentando dibujar los pasos antaño aprendidos por mis padres en su juventud bajo las partituras de la orquesta Mambo y la Tucán.

    Segura estoy de que en más de una ocasión, de niños, parábanse curiosos ante la puerta del baile de Tío Jaime en la plaza, soñando con bailar mientras observaban a los mozos y mozas que se daban cita allí cada Domingo.

    Rojos, bailarines y divertidos. Más de una vez hubieron de sonreír ante la ocurrencia de Tía Paula, quien acostumbraba a «repartir cera» a golpe de bolsa bien llena de duros, a los pillastres morosos que se intentaban colar en su pista de baile.

    Rojos, bailarines, divertidos y viajeros. Al principio se conformaban con pequeños trayectos, desplazamientos cortitos a las poblaciones aledañas en calidad de animadores del naciente club de fútbol local, San Andrés. Aunque en alguna ocasión soñaron con volar tan lejos que llenaron de colores la sal del mar.

    Y de la sal del mar a la algarabía en las aguas dulces del río Alagón durante los últimos compases del mes de Julio.

    Cada dieciocho del mes, con motivo de no se qué impuesta y obligada celebración nacional, recorrían los zapatitos la entonces palpitante Aceña del Duque. Un remoto hoy, abandonado lugar.

    Zapatitos soñadores, zapatitos viajeros, zapatitos juguetones… Zapatitos testigos en su inocencia de la emoción que invade a los niños la llegada de atracciones como “las cubas” o “las volanderas”durante los días de feria.

    Pero llegó el momento del fuego… Fuego inmenso, arrebatador, fuego que funde corazones de plomo, fuego que sabe arrastrar consigo a bellas bailarinas junto a los soldaditos cojos. Fuego que marca siempre cuál es el camino amarillo de baldosas a seguir. Fuego que llevaba en sí la inmensidad de unos ojos y el amor.

    Y tras el amor caminan mágicos los zapatitos del ayer y del hoy condenados errantes del destino. Caminan aplastando brujas de Norte a Sur, de Este a Oeste mientras persiguen corazones de hojalata.

    Estos zapatitos del ayer, caminan y caminan y nunca dejarán de caminar por siempre y para siempre jamás.

    El Telar. Revista Cultural de Torrejoncillo. Año 2017.

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