Hacía Itaca

Blog sobre dinamización lectora en el entorno escolar y escritura creativa.

Mes: octubre 2025

  • Abandoné mi casa. mi pan… mis hermanos.

    Huí de tí

    bajo el ulular violento de los perros

    y el aullido desesperado de los gallos.

    Dejé atrás,

    el abrazo tibio, el refugio en la ciudad.

    No encontré raíz

    que se hundiese en el tuétano,

    y vago errante

    peregrina entre las sombras.

    No es fácil ser hijo de emigrante. No es fácil, ser hijo de aquel que tuvo que tomar la decisión de abandonar su pan, su casa… sus hermanos.

    El emigrante no logra jamás hundir raíz alguna en la tierra que pace y es por ello que se empeña en hilar una y otra vez el enmarañado ovillo de la vuelta.

    Y es que todo emigrante, teje y desteje cual Penélope, la madeja del retorno. Y mientras teje y teje y vuelve a destejer, atesora fotos, costumbres y lo más preciado: su lengua.

    _»Jigu, jiguera que son de mi tierra» recitan con orgullo una y otra vez, acentuando el sonido áspero de la tierra, cuando alguien les pregunta si son de un lugar determinado, de ese lugar que al pronunciarlo siembra un poso amargo en la boca.

    _»Extremeño, sí señor, soy de Extremaúra_. De «Extremaúra la bella/ tierra de conquistadores» como decía Porrinas.

    El emigrante Torrejoncillano, trata de conservar y transmitir a sus hijos, las palabras que aprendió de sus padres.

    Y es por ello que: los nietos de los «pringonis«estan jartitus de almorzal pringás que no tostadas. Y es más, despues de gastar sus energías jugando al esconderichi, se relambian los jocicus pensando en la merendilla de la abuela.

    Los nietos de los pringonis, cuando de chiquininos comienzan a querer andar han de poner cuidado no vayan a jocical.

    Y cuando los nietos de los pringonis se ponen a jugar algún recatiñoso entre ellos seguro encontrarás.

    Si uno es nieto de pringonis no meterá nunca el pie en un bache, siempre lo hará en un jochi.

    Los hijos y nietos de pringonis salen siempre a comprar bolas en lugar de pimientos y gustan de pedir en los comercios siempre calzonas nunca pantalón corto…

    Y cuando por su pringón vocablo al ombligo necesitan nombrar, no digo ná la que se puede liar.

    No es fácil ser hijo de emigrantes. Uno no sabe nunca donde está su pequeño fondo de tierra, ni a qué palabras pertenece… por eso, los padres esconden con mimo en el corazón de sus hijos un hilado de palabras con el que ayudarles a tejer y a destejer en el telar inabarcable del regreso.

  • El más potente ítem evaluador para cualquier narrador oral que pretenda mecer con éxito las palabras ante el público infantil, es sin dudarlo, la aparición súbita y miseriosa de la locución “otra vez”.

    Si ésta, cuasiformularia, es emitida directamente desde el corazón de un niño, se darán entonces todos los mimbres para que la literatura oral comience a tejer su manto de memoria tal y como ha venido haciendo desde la larga noche de los tiempos.

    A este respecto y ante tamaño enigma, la gramática histórica desvela que en su unión, “otra” del latín alterum y “vez” del latín vicis, crea en nuestra mente la idea de turno sucesivo, o lo que es lo mismo: repetición.

    Si desde un punto de vista puramente cognitivo tenemos en cuenta que repetir estímulos contribuye a fortalecer la memoria y reforzar el proceso de aprendizaje, ese “otra vez”, la más de las veces esquivo, cuando aparece, lo hace como piedra ángular de la casa de palabras que cada niño gusta construirse cuando se le ofrecen cuentos de tradición oral.

    Desde la actividad de Fomento de la lectura nos acercamos a la fábula de El erizo y la Golondrina, recogida en el libro Los cuentos del erizo y otros cuentos de las mujeres del Sáhara. Cuentos escuchados, recogidos y escritos por Ana Cristina Herreros e ilustrados por Daniel Tornero.

    La astucia del erizo nos dio pie para la realización de diferentes actividades:

    Segura estoy, que no todas las tardes han de ser tardes de erizos y de golondrinas, no obstante la de ayer, fue para ésta que aquí les escribe una tarde de las de “otra vez”, tardes no sólo de repetir sino de las de recordar en el sentido plenamente emocional y etimológico de volver a pasar (re) por el corazón (cordis).

    Puntuación: 1 de 5.




  • «Ana comprendió que si Hitler no hubiese llegado al poder, nada de aquello habría ocurrido. Tal vez, seguiría en su casa de Berlín con el conejo rosa en su cama”.

    La triste y monótona cadencia que siguen las hojas en otoño al dejarse caer quizás me haya espoleado hasta las mismísimas páginas de uno de mis libros “de oídas”: Cuando Hitler robó el conejo rosa de la escritora alemana Judith Kerr. (1971)

    Mucho no ha de hacer desde el día en que mencioné este título en un ejercicio de reflexión profunda y por escrito que nos pidió Pilar López Ávila_ autora de Ayobami y el nombre de los animales_ sobre aquellos libros que de manera consciente o inconsciente han ayudado a forjar el perfil de aprendices de escritor de todos los que decidimos embarcarnos junto a ella en la emocionante aventura – por supuesto online acorde con los tiempos – del aprendizaje sin prisa pero con pausa que suele darse a lo largo de nuestra adulta vida.

    ¿Somos lo que leemos? Arrojaba Pilar esta cuestión cual pesado fardo ante nuestros pies.

    Y para responder a ello, decidí establecer una clasificación literato-emocional compuesta por tres categorías narrativas: narraciones orales, narraciones leídas y narraciones “ de oídas”.

    Las primeras, las más de las veces improvisadas por papá, ahuyentaban ese atávico miedo a la oscuridad que acecha cual lobo malo de cuento agazapado tras la rendija de una puerta. Tampoco podían faltar, las que desde la voz dulce de mamá arrullaban cada noche hasta el sueño, al tiempo que una ociosa bruja luchaba por entregar de una vez su venenosa manzana.

    El tercer y último lugar correspondía pues a las de oídas. Sí, narraciones oídas pero nunca leídas; Esas mismas que de manera fugaz dejaban verse entre conversaciones preadolescentes hasta decidir emparedarse en algún lugar recóndito de la memoria por tiempo indefinido, para ser algún día rescatadas a la manera de aquel juego de patio que poco a poco había ido dejando ya de emocionar.

    A esta última categoría literato-vital es a la que durante décadas decidí adscribir esta novela. Publicada por vez primera en 1971, con tintes autobiográficos, narra en primera persona como la sorprendente victoria del partido Nazi con el consiguiente ascenso de Hitler hasta el poder en la Alemania del 33, trastroca por completo la vida de Anna y de toda su familia.

    La mirada de Anna nos lleva a transitar por la vida difícil de aquellos que han de dejar todo atrás con tal de poner a salvo sus vidas.

    Un libro donde se intuye el canto mísero de los expatriados y también la locura de aquellos que han sido despojados de su propia identidad.

    Es un libro duro si uno se decide a leerlo entre líneas pero profundamente vitalista, ya que a pesar de todo, sus protagonistas tendrán una segunda oportunidad.

    No recuerdo bien si fue en la escuela donde hace ya más de treinta años escuché hablar de esta novela, sé que desde entonces me ha sabido esperar. Tampoco llegaré a saber si quizás el mismísimo Eolo, Dios impulsor de la flotilla sumud global, habrá tenido algo que ver en este afortunado rescate. Lo que sí se es que no sólo somos aquello que hemos leído, sino que además somos todo aquello que aún nos queda por leer.

    Puntuación: 1 de 5.