«Ana comprendió que si Hitler no hubiese llegado al poder, nada de aquello habría ocurrido. Tal vez, seguiría en su casa de Berlín con el conejo rosa en su cama”.
La triste y monótona cadencia que siguen las hojas en otoño al dejarse caer quizás me haya espoleado hasta las mismísimas páginas de uno de mis libros “de oídas”: Cuando Hitler robó el conejo rosa de la escritora alemana Judith Kerr. (1971)
Mucho no ha de hacer desde el día en que mencioné este título en un ejercicio de reflexión profunda y por escrito que nos pidió Pilar López Ávila_ autora de Ayobami y el nombre de los animales_ sobre aquellos libros que de manera consciente o inconsciente han ayudado a forjar el perfil de aprendices de escritor de todos los que decidimos embarcarnos junto a ella en la emocionante aventura – por supuesto online acorde con los tiempos – del aprendizaje sin prisa pero con pausa que suele darse a lo largo de nuestra adulta vida.
¿Somos lo que leemos? Arrojaba Pilar esta cuestión cual pesado fardo ante nuestros pies.
Y para responder a ello, decidí establecer una clasificación literato-emocional compuesta por tres categorías narrativas: narraciones orales, narraciones leídas y narraciones “ de oídas”.
Las primeras, las más de las veces improvisadas por papá, ahuyentaban ese atávico miedo a la oscuridad que acecha cual lobo malo de cuento agazapado tras la rendija de una puerta. Tampoco podían faltar, las que desde la voz dulce de mamá arrullaban cada noche hasta el sueño, al tiempo que una ociosa bruja luchaba por entregar de una vez su venenosa manzana.
El tercer y último lugar correspondía pues a las de oídas. Sí, narraciones oídas pero nunca leídas; Esas mismas que de manera fugaz dejaban verse entre conversaciones preadolescentes hasta decidir emparedarse en algún lugar recóndito de la memoria por tiempo indefinido, para ser algún día rescatadas a la manera de aquel juego de patio que poco a poco había ido dejando ya de emocionar.
A esta última categoría literato-vital es a la que durante décadas decidí adscribir esta novela. Publicada por vez primera en 1971, con tintes autobiográficos, narra en primera persona como la sorprendente victoria del partido Nazi con el consiguiente ascenso de Hitler hasta el poder en la Alemania del 33, trastroca por completo la vida de Anna y de toda su familia.
La mirada de Anna nos lleva a transitar por la vida difícil de aquellos que han de dejar todo atrás con tal de poner a salvo sus vidas.
Un libro donde se intuye el canto mísero de los expatriados y también la locura de aquellos que han sido despojados de su propia identidad.
Es un libro duro si uno se decide a leerlo entre líneas pero profundamente vitalista, ya que a pesar de todo, sus protagonistas tendrán una segunda oportunidad.
No recuerdo bien si fue en la escuela donde hace ya más de treinta años escuché hablar de esta novela, sé que desde entonces me ha sabido esperar. Tampoco llegaré a saber si quizás el mismísimo Eolo, Dios impulsor de la flotilla sumud global, habrá tenido algo que ver en este afortunado rescate. Lo que sí se es que no sólo somos aquello que hemos leído, sino que además somos todo aquello que aún nos queda por leer.
De todas las leyendas que se señalan como hipótesis posibles de la Encamisá de Torrejoncillo (Cáceres), fiesta de interés turístico regional, hay una que me llama poderosamente la atención ya que vincula esta fiesta a un rito vetónico con el que se rendía culto a Ataecina, diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación.
La noche tiende oscura su tela sobre el vuelo último de una cigüeña. En la atalaya, repiquetean furiosas las campanas, mientras que Invierno asoma tímido sobre la niebla gris de una escopeta.
Atrapado queda el fuego tras un viejo farol.
Una puerta se abre al cielo. El pueblo, encoje enorme su corazón. En cada mejilla asoma una lágrima.
La eterna madre de la tierra, alumbra el camino durante la noche; divinidad fértil por siglos venerada, diosa de la noche y en la noche, dea sancta María; dea sancta Ataecina; dea sancta Proserpina.
Cuentan que allá por el inicio de los tiempos, la más hermosa de las diosas madre, loca de dolor, desciñóse los cabellos dejándolos libres a su espalda en señal del más terrible de los duelos: Hades, rey de los infiernos habíale arrancado de los brazos a Proserpina, su hija, en la más plena juventud.
Fue entonces, cuando la más hermosa de las diosas madre dejó de cuidar la tierra.
Y en las tinieblas reinó el frío. Y quiso entonces, la más hermosa de las diosas madre combatir frío y tinieblas con fuego. Atrapado quedó éste tras la antorcha de un viejo farol.
Desde aquel día mil teas encendidas alumbran por siempre cada año el camino hasta la hija.
Y cada séptimo día del mes de diciembre: la blancura impoluta de la sábana raya el signo del camino.
Y cada séptimo día del mes de diciembre: absorto sueña el fuego su crepitar de jachas y joritañas.
Y cada séptimo día del mes de diciembre: baila sonámbulo el invierno mecido por el vals de su solsticio.
Cada siete de diciembre truena por siempre PURA la escopeta, ahuyentando ese hado temible que gusta habitar mudo el corazón de los hombres.
«…Un niño con un libro de poesía en las manos, nunca empuñará un arma…»
Gloria Fuertes.
La poesía como recurso pedagógico en las aulas, debería tenerse en cuenta como potente herramienta educativa.
Conmover a través de la palabra, emocionar, siempre ha sido el tesoro mejor guardado de quienes han sabido dar forma sublime a las palabras ayudados por el cincel de la poesía.
Vinculada desde la antigüedad con los dioses siempre ha sido más profundamente humana que divina por su capacidad de transmisión de belleza, sentimientos y emociones.
Acercar a los niños a la poesía es llevar a los niños al dominio de la lengua. Dejarles pasear por las orillas del ritmo, invitarles a bailar, jugar y cantar los sonidos del idioma quedando éste fijado en su memoria.
Apolo dios de la poesía.
La lectura de poesía durante la infancia y la adolescencia:
Afianza la percepción del ritmo y su conciencia fonética y fonológica.
Amplía el vocabulario: Ayuda a afianzar las palabras ya adquiridas y añade otras nuevas.
Pone al alumando en contacto directo con lo simbólico y lo mágico muy cercano a su universo infantil.
Estimula su creatividad y memoria.
Ayuda al alumnado en su proceso de aprendizaje de escucha activa.
Poesía visual (Esther Rodrigo). Manualidad duende de otoño, niños y niñas de Fomento de la lectura del CEIP Virgen del Casar de Portaje.
Aprovechando la caída de la hoja sobre el fragor del bosque otoñal hemos conocido a Dorado, un duende de otoño que ha venido a trabajar poesía, palabra, ritmo e imagen con nosotros.
Aprovechando la caída de la hoja sobre el fragor del bosque otoñal hemos conocido a Dorado, un duende de otoño que ha venido a trabajar poesía, palabra, ritmo e imagen con nosotros.
En ocasiones el silencio, abre la puerta a la noche, pérfida guardiana de tesoros prohibidos. Es entonces cuando afloran esos recuerdos impulsados por algún resorte diabólico que nos acecha, hostiga y acosa hasta dejarnos asustados y escondidos tras un reloj de pared como cabritillo que nunca debió confiar en la oscura patita que asomaba por debajo de la puerta.
Sólo entonces, comprendes que en la inmensidad de la noche no hay posibilidad de guarida. Que tras las doce campanadas, no existe hechizo que de cobijo a la madeja del destino. No hay magia capaz de hilar la vida.
En esta noche callada y sin luna, no puedo evitar acordarme de Dorothy y sus zapatos. Aquellos zapatitos mágicos, plateados, que a cada golpe de suela levantantaban a la niña de acá para allá, de Este a Oeste o de Norte a Sur. Eran el faro perfecto ante la inmensidad de una tierra extraña.
¿Plateados o rojos? Quizás rojos. Rojo debió de ser el color de aquellos que una vez encontré mientras rebuscaba en el fondo de una vieja mesilla. Permanecían inmóviles y polvorientos en casa de la abuela, aquella casa inmensa traspasada de luz en todos sus balcones.
Rojos. Rematados por un coqueto tacón carmesí que sonaba y resonaba alegre bajo mis pies, intentando dibujar los pasos antaño aprendidos por mis padres en su juventud bajo las partituras de la orquesta Mambo y la Tucán.
Segura estoy de que en más de una ocasión, de niños, parábanse curiosos ante la puerta del baile de Tío Jaime en la plaza, soñando con bailar mientras observaban a los mozos y mozas que se daban cita allí cada Domingo.
Rojos, bailarines y divertidos. Más de una vez hubieron de sonreír ante la ocurrencia de Tía Paula, quien acostumbraba a «repartir cera» a golpe de bolsa bien llena de duros, a los pillastres morosos que se intentaban colar en su pista de baile.
Rojos, bailarines, divertidos y viajeros. Al principio se conformaban con pequeños trayectos, desplazamientos cortitos a las poblaciones aledañas en calidad de animadores del naciente club de fútbol local, San Andrés. Aunque en alguna ocasión soñaron con volar tan lejos que llenaron de colores la sal del mar.
Y de la sal del mar a la algarabía en las aguas dulces del río Alagón durante los últimos compases del mes de Julio.
Cada dieciocho del mes, con motivo de no se qué impuesta y obligada celebración nacional, recorrían los zapatitos la entonces palpitante Aceña del Duque. Un remoto hoy, abandonado lugar.
Zapatitos soñadores, zapatitos viajeros, zapatitos juguetones… Zapatitos testigos en su inocencia de la emoción que invade a los niños la llegada de atracciones como “las cubas” o “las volanderas”durante los días de feria.
Pero llegó el momento del fuego… Fuego inmenso, arrebatador, fuego que funde corazones de plomo, fuego que sabe arrastrar consigo a bellas bailarinas junto a los soldaditos cojos. Fuego que marca siempre cuál es el camino amarillo de baldosas a seguir. Fuego que llevaba en sí la inmensidad de unos ojos y el amor.
Y tras el amor caminan mágicos los zapatitos del ayer y del hoy condenados errantes del destino. Caminan aplastando brujas de Norte a Sur, de Este a Oeste mientras persiguen corazones de hojalata.
Estos zapatitos del ayer, caminan y caminan y nunca dejarán de caminar por siempre y para siempre jamás.
El Telar. Revista Cultural de Torrejoncillo. Año 2017.